Bacalar, la joya mexicana a la que quieren proteger de la masividad.

El primer vistazo de la Laguna de Bacalar parecía un espejismo, un flash turquesa a través de una neblina de árboles. La Laguna de los Siete Colores, de 42 kilómetros de largo y más de un kilómetro y medio de ancho, serpentea a través de la selva, llevando relatos de mayas y piratas.

Las cambiantes tonalidades, cortesía del fondo de caliza blanca de la laguna, prácticamente exigen ser fotografiadas. Hay casi 500 mil imágenes de #bacalar en Instagram, que muestran la laguna desde diferentes ángulos con gente bonita en columpios frente al agua o en lanchas repletas de parranderos levantando cervezas.

Pero esas fotos muestran también otras cosas: gente caminando sobre estromatolitos, antiguas formas de vida. Contaminación, nubes negras literales en aguas azul celeste, ignorada o pasada desapercibida por parejas y familias felices. ¿Acaso será la belleza sobrenatural de la laguna su perdición?

Colonizada por los españoles en el siglo XVI, Bacalar se ubica justo cuesta arriba de la laguna y está desarrollada alrededor de una plaza principal, o zócalo, a la que el Fuerte de San Felipe sirve de ancla. La ciudad se mantiene compacta y transitable a pie; una avenida corre a lo largo de la orilla sur de la laguna y es accesible en auto o bicicleta.

Fernando Garza, propietario de Casa Tortuga, llegó a Bacalar en 2013 procedente de Monterrey. El hostal frente al agua, que abrió ese mismo año, fue uno de los primeros a la orilla de la laguna.

“Era una joya escondida. Cuando conduces de Chetumal a Tulum, o Playa del Carmen, ni siquiera la ves”, dijo. “La mayoría de la gente sólo había oído hablar de ella de boca en boca. Pero incluso entonces, decían, ‘¿cuántos años para que esto sea como Tulum?’”.

Probablemente son inevitables las comparaciones con Tulum, a 214 kilómetros al norte y el ejemplo más reciente del crecimiento explosivo en la Costa Maya de Quintana Roo. Igual que esa ciudad, Bacalar tiene cenotes, sitios arqueológicos mayas, y agua hermosa. Pero Tulum ahora es sinónimo de un desarrollo excesivo y desconsiderado.

El crecimiento vertiginoso ya ha afectado a Bacalar, un cambio que Garza notó hace unos tres años. Los alojamientos en Bacalar varían desde hostales ideales para mochileros —en Casa Tortuga, las camas en dormitorios compartidos cuestan 20 dólares la noche y un cuarto privado con baño cuesta 80 dólares— hasta resorts de lujo con habitaciones desde 400 dólares la noche.

Abundan las opciones para comer y beber, desde comida local a la leña y una lista de vinos principalmente mexicanos en Nixtamal hasta un desayuno de huevos bañados con una salsa picante con semillas de calabaza y maní en Enamora. La cena en Nixtamal, una de las opciones de mejor calidad en la localidad, podría costar desde 20 dólares por persona, mientras que un abundante banquete de tacos y una cerveza en Mestizos costará cerca de 7 dólares.

Pero un auge incluso más grande se perfila en el horizonte gracias al Tren Maya, una línea de 1530 kilómetros, que se espera quede terminado en 2023. La relativa inaccesibilidad de Bacalar —está a cuatro horas en auto desde el aeropuerto de Cancún— ya no dificultaría el crecimiento aun más explosivo.

En el Cenote Cocalitos, los visitantes se metían al agua con cuidado. Algunos se detenían a leer los letreros que explicaban la estructura del cenote y que destacaban la presencia de estromatolitos, que fueron las primeras formas de vida fotosintéticas, de acuerdo con la bióloga Shanty Acosta Sinencio. Formados por miles de capas de cianobacterias que segregan carbonato de calcio, parecen rocas, pero están vivos. Los estromatolitos más antiguos de Bacalar tienen entre 7 mil y 10 mil años.

La bióloga Silvana Ibarra Madrigal, que trabaja con el gobierno mexicano, dijo que Bacalar es sede del grupo más grande de estromatolitos de agua dulce en el mundo. Éstos, y la laguna, están visiblemente afectados por el crecimiento de Bacalar, dijeron Acosta e Ibarra.

Cada vez más dueños de negocios locales intentan informar a los turistas de la fragilidad de la zona. Casa Tortuga y Casa Chukum, un hotel boutique, tienen en sus habitaciones información sobre los estromatolitos. El dueño del Hotel Makaabá, Allen Patiño, originario de la Ciudad de México, dijo que parte del atractivo para los huéspedes es dejar una huella tan pequeña como sea posible. Todo, desde el sistema de tratamiento de desechos hasta las plantas que filtran agua en cisternas para lluvia en la azotea, tiene como objetivo crear un sistema autosustentable, explicado en detalle en el sitio en Internet del hotel.

“Hay soluciones viables a los problemas que enfrentamos”, dijo Patiño. “Es posible balancear el cuidado de la naturaleza y hacer buen negocio”. (The New York Times)

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s